“Alguien calificaba mi trabajo como un retrato
social del poder...”, aclara Duque: “No cualquier
clase de poder: el poder del talento”.
Duque nació en Palmira, Colombia en 1946, realizó
estudios de dibujo y pintura en la Escuela de Bellas Artes
de Cali entre 1966 y 1968. Estudió fotografía
en el Art Center College of Design en Los Angeles, California
entre 1969 y 1971.
Profesionalmente se ha desarrollado como director creativo
de importantes agencias de publicidad, entre las que se
encuentran Nicholls Publicidad Cali, Leo Burnett Colombia,
Norlop Thompson Ecuador, Procesos Creativos y Duque &
Asociados, donde además fué presidente y
socio fundador. Actualmente es director de Duqueimagen,
empresa especializada en proyectos de comunicación
institucional, publicidad política, e imagen de
empresas públicas y privadas.
La experiencia laboral de Duque se centra en tres áreas
de la comunicación: creación publicitaria,
desarrollo de productos de diseño gráfico
e imagen pública y publicidad política.
Duque es un personaje realmente excepcional y en su momento
el periódico El Tiempo escribió así
de él:
“En cualquier momento Carlos Duque logra que salte
el animal escondido que todos los hombres y mujeres llevan
por dentro. Es el instante del encuentro o del conflicto,
de la química o el amor o incluso de la ruptura
y de la rabia entre el fotógrafo y el personaje.
Es un momento misterioso, a veces borrascoso, y ahí
surge la gran foto o termina para siempre la cita fotográfica.
Ese instante se produjo cuando Duque le pidió en
París al maestro Fernando Botero que mostrara su
mano derecha con su meñique cercenado en el accidente
de tránsito en que murió su hijo Pedrito.
Y el maestro lo hizo, pero el foco de la imagen no quedó
en el dedo cortado sino en la mirada de rabia y dolor
del artista al mostrar algo que había ocultado
durante más de 25 años porque le representaba
un desgarramiento muy interior y profundo. Lo mismo sucedió
en esa célebre foto del dirigente liberal Luis
Carlos Galán, que después se convirtió
en el afiche más popular y callejero de la historia
política colombiana. El foco de la foto, es decir
su fuerza misteriosa, está no en la épica
del dirigente sino en la mirada iluminada que se dirige
hacia el horizonte de la utopía, que está
más allá de toda esperanza y que tal vez
colinda con el dolor y la tragedia. Pero quizá
el encuentro mayor se produjo aquel medio día en
Cartagena de Indias, cuando Duque retrató a Gabriel
García Márquez. El escritor estaba hasta
los pies vestido de blanco caribeño, y cuando Duque
lo enfrentó a los ojos quedó en la foto
una mirada triste y profunda del Nobel, a quien dos semanas
después le diagnosticarían una dolencia
física que cambiaría su vida para siempre.
Quienes miren con detenimiento esta foto, que fue la última
del escritor radiante, descubrirán en esa mirada
un halo de inexorable final.
Hechos así demuestran que Carlos Duque no es un
fotógrafo sino un retratista. Y moderno él,
obsesionado incluso por la postmodernidad, nacido en las
tierras del Valle del Cauca, en Colombia, pero ciudadano
por derecho propio de las ciudades capitales del diseño
y del arte de vanguardia como Nueva York o Milán,
lo cierto es que su fotografía es casi de daguerrotipos,
es decir aquella incipiente fotografía de hace
más de 150 años y que de alguna manera estaba
emparentada con la alquimia. Aquellos fotógrafos
buscaban retratar el alma de las gentes, como cuatro siglos
atrás los alquimistas buscaban con la ciencia la
piedra filosofal o el elíxir de la vida eterna.
Entonces ahora Duque, tan esencial como un Richard Avedon
o tan glamoroso como una Anne Leibovitz, es capaz igualmente
de atrapar las fuerzas radiantes u oscuras que yacen en
cuerpos o en momentos de naturaleza y de vida. Y esa es
la dimensión desconocida que fluye en la actriz
o modelo que se desnuda, en los amantes que se amarran,
en los pintores que se flagelan, en los políticos
que se desdoblan, en todos sus personajes, pero también
en las estatuas y las nubes de París, en ese último
atardecer sobre las Torres Gemelas, en las cornisas de
Nueva York, en los transeúntes de Bogotá...
Retratos y Miradas, instancias de vida en cuerpos y en
paisajes urbanos, son espacios de perturbadora fuerza
artística en las fotos de Carlos Duque.
Los grandes escritores y los magníficos pintores
nos enseñaron a narrar omitiendo. Es decir, que
la verosimilitud y la fuerza de la obra artística
está en la belleza del iceberg en el océano,
donde la octava parte que flota es sostenida por otras
siete que yacen sumergidas. De esta manera, el publicista
de ayer, el estratega de la comunicación, el diseñador
bravo, el hombre que vive del talento, el trabajador diario
de la imaginación y de la creación, alcanza
en su fotografía la verdad despojada de toda retórica,
como si fuera un trazo para señalar toda una verdad
que aún sigue siendo esperada. Como el témpano
sobre las olas nocturnas o como una rosa en el piso de
una habitación abandonada.
Carlos Duque anda por ahí, por este país
y por el mundo, brioso y temperamental, casi siempre vestido
de caqui neoyorquino, como si fuera un cazador oculto
de cuerpos y almas, de perfiles de ciudad, es decir, de
momentos de vida. Un cazador que es al mismo tiempo un
animal visual y que convierte siempre su parte de león
en obras de arte.” Autor: Germán Santamaría.
Con su libro Retratos y Miradas hace un recorrido por
la historia contemporánea de Colombia. No es tanto
el punto de vista de un fotógrafo como el clic
de un publicista quien modestamente cree que hasta ahora
arranca. El mismo que, como pocos, más allá
de fotografiar cuerpos o rostros, llega al alma de la
gente.
Por ultimo es importante destacar la mención que
en el 2003 recibió en la ciudad de Medellín,
en el evento “La Noche de la Excelencia”,
en la categoría “Publicista Destacado”
por la labor desarrollada en la campaña del actual
presidente de la Republica Álvaro Uribe Vélez.
Una vez más ¡felicitaciones¡ a un Maestro.